Manual de religiones comparadas: De la Comarca a las arenas de Dune.

 Cuando éramos pequeños, disfrutábamos viendo la película de Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario, sin saber que se trataba de una película que iba más allá de las aventuras de 4 hermanos en un mundo fantástico.

Sí, te podías intentar hacer una idea, sobre todo cuando Aslan dice: “En tu mundo se me conoce por otro nombre”, pero eras demasiado inocente como para entender que ese ‘otro nombre’ no era un acertijo, sino una confesión. Mientras nosotros buscábamos aventuras, Lewis nos estaba impartiendo una catequesis; mientras nos perdíamos en la Tierra Media, Tolkien nos hablaba de la ‘Eucaristía’ a través de las lembas; y mientras soñábamos con la Fuerza, Lucas mezclaba el budismo con el maniqueísmo en una galaxia muy lejana.

Hoy, con la mirada del adulto (y quizás un poco más de cinismo o curiosidad), volvemos a esos mundos para descubrir que la ciencia ficción y la fantasía no son huidas de la religión, sino sus laboratorios más ambiciosos.

Todos sabemos que unos bebieron de los otros, así que, ¿Quién fue el primero en profesarnos su fe sin que nos diésemos cuenta? Pues no fue ninguno de ellos, sino un tal George MacDonald.


1. El hombre que “bautizó” la imaginación de los gigantes.

Sin MacDonald, tu estantería (y posiblemente la de tus padres) estaría vacía. MacDonald fue un pastor escocés del siglo XIX que decidión que los sermones desde el púlpito no eran suficientes.

Podemos denominarlo como “el mentor de Lewis”, pues C.S. Lewis dijo una vez:

“Nunca he escrito un libro en el que no haya citado a George MacDonald”

Todo esto tras leer su obra Phantastes, lo que llevó a Lewis a confesar que su imaginación había sido “bautizada”

A este hombre con nombre de hamburguesería podemos llamarlo también “El amigo de Tolkien”, pues MacDonald fue quien sacó de la fantasía de los cuentos de hadas infantiles y los llevó a un terreno donde el mito y la fe se dan la mano.

Aunque también podemos apodarlo como “El precursor de Narnia”, pues antes de que existiera el armario de Narnia, MacDonald escribió La princesa y los trasgos o Lilith, donde los mundos paralelos servían para explicar verdades espirituales profundas.

En otras palabras, MacDonald había comprendido que la mejor forma de hablar de Dios no era mediante una misa de una hora, sino mediante el asombro. Él no quería que fueras a misa como tal, sino que te perdieras en un bosque encantado para que, al salir, el mundo real te pareciera más sagrado.

2. La Catedral invisible: J.R.R. Tolkien (1937-1954)

Tolkien en sí no quería predicar, de hecho le molestaba que Lewis fuese tan obvio (pues eran amigos y fue él quien le enseñó a Lewis sobre la religión). Toljien era un filólogo y católico devoto, pero odiaba que lo sermonearan. Su enfoque era más sutil y, por ello, el más poderoso:

  • Fe como cimiento. En El Señor de los Anillos no hay templos como tal, pero hay Gracia. El pan de lembas que les da Elrond a los Hobbits recuerda a la Eucaristía; la figura de Galadriel tiene ese eco de la Virgen María; y la resurrección de Gandalf (porque la ostia del quince que se dio era una muerte asegurada) refleja el triunfo sobre la muerte.

  • La Providencia. El punto central de Tolkien es que nadie es “el Elegido” por sus músculos, sino por su humildad. Frodo no llega al Monte del Destino por su fuerza, sino por una serie de “casualidades” (lo que Tolkien llamaba eucatástrofe) que sugieren que hay una mano superior guiando el destino.

  • El mensaje oculto. La fe en Tolkien es una resistencia desesperada contra la oscuridad, basada en la esperanza de que el Bien ya ha ganado, aunque nosotros aún no lo veamos.

3. C.S. Lewis: El León que nos miraba de frente.

A diferencia de Tolkien, Lewis quería que supieras exactamente de quién estaba hablando. Como converso tardío al cristianismo, tenía la urgencia de compartir su descubrimiento.

  • La técnica del “Contrabando”. Lewis decía que la religión en la vida real estaba rodeada de una “atmósfera de obligación” que alejaba a la gente. Al convertir a Cristo en un león, lograba que el lector lo amara de forma genuina antes de saber su nombre real.

  • El Sacrificio. En El león, la bruja y el armario, la muerte de Aslan no es una metáfora, es una recreación. Lewis utiliza la “Magia Profunda” para explicar leyes espirituales: el inocente paga por el traidor (en este caso Edmund)

  • El impacto. Logró que lo sagrado fuera emocionante y palpable para los niños, eliminando la barrera entre lo fantástico y lo divino.

4. Frank Herbert: El Mesías como una Trampa.

Con Dune, la cronología da un vuelvo radical. Si los anteriores celebraban la fe, Herbert nos pide que la miremos con lupa y miedo.

  • Religión como Ingeniería Social. Aquí no ha dioses, hay la Bene Gesserit. Esta orden utiliza la religión para “sembrar” mitos en planetas primitivos, de modo que, si un día una de ellas llega allí, pueda ser tratada como una diosa.

  • El peligro del Profeta. Paul Atreides es el “Mesías” que encaja en las profecías, pero Herbert nos advierte: no sigas a los líderes. La fe en Dune es un arma política, una herramienta de control de masas que lleva al fanatismo y a la guerra santa (Yihad)

  • La vuelta de tuerca. Herbert nos enseña la cara B de la fe: como la necesidad humana de creer puede ser manipulada para destruir mundos.

5. George Lucas: La Espiritualidad de la “Mesa de Mezclas”

Lucas tomó todo lo anterior y lo empaquetó para una era global y menos dogmática.

  • La Fuerza como Amalgama. En lugar de elegir una religión, Lucas mezcló el Zoroastrismo (luz vs. oscuridad), el Budismo (desapego y meditación) y el Caballeresco Cristiano (los Jedi)

  • La Democratización de lo Divino. La Fuerza no pertenece a una iglesia, sino que es un campo de energía que “nos rodea y nos une”. Esto resonó con la generación de los 70 que buscaba una espiritualidad pero rechazaba las instituciones.

  • El legado. Star Wars convirtió el viaje espiritual en un espectáculo visual, haciendo que conceptos como el “destino” o la “redención” (el caso de Darth Vader) fueran entendidos por cualquier persona en cualquier rincón del planeta, sin importar su credo.


El mapa de lo invisible.

Al final, descubrimos que nuestras historias favoritas no eran solo escapismo, sino cartografía espiritual.

Desde el asombro de lo sagrado de MacDonald hasta la espiritualidad “a la carta” de George Lucas, estos autores no intentaron darnos respuestas masticadas, sino que construyeron laboratorios donde probar nuestras creencias. Nos enseñaron que la fe puede ser un cimiento invisible (Tolkien), un encuentro frontal (Lewis), un arma de doble filo (Herbert) o una energía que nos conecta a todos (Lucas).

Quizás la magia de volver a Narnia, a la Tierra Media o a Arrakis siendo adultos no reside en encontrar las referencias bíblicas o los ecos del budismo, sino en darnos cuenta de que el sentido de la trascendencia es el ingrediente secreto de la épica.

Crecimos pensando que buscábamos la salida del armario o el camino a Mordor, cuando en realidad estábamos aprendiendo a mirar nuestro propio mundo con otros ojos. Porque, como bien sabía aquel pastor escocés que lo empezó todo, a veces hace falta perderse en una galaxia muy lejana o cruzar un desierto de especias para entender que, incluso aquí, la realidad tiene capas que la lógica no alcanza a explicar.

La próxima vez que veas a Aslan o escuches hablar de la Fuerza, no busques el dogma, busca el asombro. Al fin y al cabo, ahí es donde siempre ha empezado la fe.


Y con este especial literario doy por finalizado (de momento) mis (breves) post dedicados a la religión.

Espero que hayáis pasado una buena semana santa y que la muerte y resurrección de Jared Leto…digo, de Jesucristo, no os haya hecho coger un par de kilos debido a las torrijas. Al fin y al cabo, ya sea a través de la Fuerza, de la Especia o de un buen postre de temporada, todos buscamos un poquito de trascendencia (o al menos, de consuelo) en este mundo tan extraño.

Nos leemos en el próximo mundo (o en el próximo post).

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