BookTok llegó dos siglos tarde: Por qué Victor Hugo inventó el Dark Romance.
Con la noticia de la adaptación del libro “Haunting Adeline”, el “pionero” del movimiento literario “Dark Romance” me he empezado a preguntar si en la literatura clásica, hubo alguna novela de ese estilo, es decir, tétrica y oscura, donde los personajes hagan cosas cuestionables que el lector diga “bueno, se lo dejo pasar porque es él” y pensando y pensando (algo que me ha costado por ser verano) he dado con dos novelas, siendo la pionera de esta idea (y con ello, este post) “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo.
Y os preguntaréis: Violeta, ¿por qué esa novela?
Pues porque amiguitos míos, a diferencia de lo que nos mostró Disney (que no era ni un 1% de oscuro de lo que es la novela original, y aun así fue una película polémica), el libro es oscuro y bastante turbio. Así que en este post vamos a hablar de por qué considero que estas dos novelas son las pioneras del “Dark Romances” y no, ni Drácula ni Frankenstein entran en este saco, lo siento.
El “Síndrome de Claude Frollo” y el amor que destruye
Si pensamos en el Dark Romance actual, pensamos en personajes que cruzan líneas rojas por obsesión, y nos tenemos que ir a 1831. Aquí entra la figura del archidiácono Claude Frollo. En la versión animada nos lo pintaron como un juez implacable y puritano, pero en la obra de Victor Hugo es un hombre de iglesia atormentado, una mente brillante que cae en una espiral de locura y degradación moral por culpa de un deseo prohibido.
Frollo no busca un romance idílico ni un cortejo tradicional; lo suyo es una obsesión posesiva de manual. Monitorea cada paso de Esmeralda, la espía, la acecha y sabotea cualquier oportunidad que ella tenga de ser feliz. El punto álgido de su vena dark llega con su retorcida filosofía de “si no eres mía, no serás de nadie”. Frollo prefiere entregarla a la horca y verla morir antes que permitir que pertenezca a otro hombre. Es el tropo del acosador y del villano moralmente gris llevado al extremo más trágico.
Por otro lado, tenemos a Quasimodo, que aunque a menudo se le ve como el faro de la bondad pura, en el libro habita una escala de grises muy interesante. Su devoción por Esmeralda no es una fantasía romántica inocente; es una lealtad feroz y violenta. Quasimodo no duda en cometer actos terribles, como arrojar vivas a personas desde lo alto de las torres de Notre Dame o aplastar cráneos para defender su santuario. Victor Hugo nos obliga a mirar a estos personajes complejos y a justificar, de alguna manera, sus brutales acciones porque nacen de una devoción absoluta.
Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del Capitán Febo. A diferencia del héroe salvador, rubio y perfecto de la película, el Febo literario es un personaje profundamente egoísta, superficial y con una moralidad nefasta. No ama a Esmeralda; solo la ve como una conquista exótica para saciar su vanidad y su deseo. Lo más turbio es cómo se desentiende por completo de ella cuando Frollo la apuñala (¡sí, en el libro Frollo apuñala a Febo y le echa la culpa a Esmeralda!). A Febo solo le importa limpiar su nombre, evitar el escándalo y casarse por interés con su prometida de la alta sociedad, dejando que condenen a Esmeralda a muerte sin mover un solo dedo.
Es el red flag definitivo disfrazado de príncipe azul. Victor Hugo juega magistralmente a rompernos las expectativas: el hombre que debería ser el héroe resulta ser un cobarde despreciable, mientras que los monstruos y los obsesivos son los únicos capaces de sentir una pasión real, aunque sea destructiva.
Gaston Leroux y el "Manual de cómo obsesionarse en un sótano"
Si Victor Hugo plantó la bandera de la obsesión gótica en 1831, Gaston Leroux llegó en 1910 con El Fantasma de la Ópera para refinar la fórmula y darnos el prototipo del antihéroe del Dark Romance moderno.
Si lees las novedades de BookTok actuales, te darás cuenta de que Erik (el Fantasma) cumple, punto por punto, con los tropos más populares del género:
El “Monstruo” de las sombras: Un genio de la música desfigurado, peligroso y brillante que vive marginado en las entrañas de la Ópera de París. Es el clásico protagonista traumatizado, con un pasado oscuro, que vuelca toda su intensidad en una sola persona.
El romance de cautiverio y el síndrome de Estocolmo: Erik no corteja a Christine Daae con flores; se convierte en su “Ángel de la Música” a través de las paredes, manipulándola psicológicamente desde las sombras. Cuando se siente amenazado, la secuestra y la lleva a su guarida subterránea, un espacio claustrofóbico y gótico donde él dicta las reglas.
El “se lo dejo pasar porque es él”: Erik es un criminal. Chantajea a los directores del teatro, sabotea producciones y llega a asesinar cruelmente a quienes se interponen en su camino (como el tramoyista Buquet). Sin embargo, los lectores —y más tarde los fans del musical— caen rendidos a sus pies. ¿Por qué? Porque Leroux equilibra su monstruosidad con una vulnerabilidad desgarradora. Su necesidad desesperada de ser amado y su devoción absoluta por Christine hacen que el lector justifique o “perdone” sus crímenes.
La ruptura del triángulo amoroso tradicional: Raoul representa el amor sano, seguro, el aristócrata bueno que ofrece una vida normal. En un romance tradicional, él sería el héroe indiscutible. Pero en el esquema del Dark Romance, Raoul resulta plano al lado del magnetismo, el peligro y la arrebatadora pasión que emana de las catacumbas con Erik.
Conclusión: Las raíces de una obsesión literaria
Así que no, el Dark Romance no nació con las plataformas digitales, los algoritmos ni las ediciones especiales de bordes pintados, ni mucho menos de la mente de una tía que te romantiza una violación (de esto hablaré en otro post). Nació cuando los autores del siglo XIX y principios del XX decidieron explorar los rincones más sombríos y psicológicos del corazón humano.
Victor Hugo y Gaston Leroux entendieron mucho antes de las tendencias actuales que el amor no siempre se escribe bajo la luz del sol; a veces se forja en un laberinto de piedra, detrás de una máscara y a través de una obsesión de la que es jodidamente imposible escapar.
Ah, un aporte final, Cumbres Borrascosas es de 1847, por lo que Victor Hugo sigue siendo el pionero del “Dark Romance”.


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