La belleza del monstruo: ¿Por qu茅 nos atraen los asesinos en serie?
Te apuesto lo que quieras a que alguna vez has estado viendo una pel铆cula o una serie basada en un caso criminal real en la que el asesino era un Adonis en toda regla. Y, si nunca te ha pasado, quiz谩s sea porque no has prestado suficiente atenci贸n. El cine (y por extensi贸n, la televisi贸n), est谩 plagado de actores y actrices guap铆simos que se ponen en la piel de personas que, en muchos casos, fueron aut茅nticos monstruos.
A veces, las producciones hacen un esfuerzo considerable por transformar f铆sicamente a sus protagonistas para que se parezcan lo m谩ximo posible a las personas a las que interpretan. Un ejemplo perfecto de esto es Charlize Theon en Monster (2003), donde da vida a Aileen Wuornos, una asesina en serie estadounidense que ejerci贸 la prostituci贸n y fue condenada por el asesinato de seis hombres. Theron est谩 pr谩cticamente irreconocible en la pel铆cula, tanto por su caracterizaci贸n como por su transformaci贸n f铆sica. Sin embargo, no siempre ocurre lo mismo.
En otras ocasiones, la elecci贸n del reparto parece tomar un camino completamente distinto pues, en lugar de buscar un parecido f铆sico (como es el caso de David Tenant en Des (2020) donde interpreta al asesino en serie escoc茅s Dennis Nilsen), se apuesta por actores cuyo atractivo resulta dif铆cil de ignorar, y uno de los ejemplos m谩s evidentes lo encontramos en Zac Efron, que interpret贸 a Ted Bundy en Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile (2019)
1.El rostro bonito del mal
Seamos sinceros, y retomando donde lo dej茅 anteriormente, si pensamos en Zac Efron, probablemente lo primero que se nos venga a la cabeza no sea la imagen de uno de los asesinos en serie m谩s conocidos de la historia de Estados Unidos, sino la de ese chico Disney, que interpretaba al adorable, guapo y pat谩n Troy Bolton, pero, ¿y si os dijera que es aqu铆 donde todo comienza a ponerse interesante?
No estamos hablando simplemente de que un actor sea guapo y le toque interpretar a alguien horrible pues, al fin y al cabo, la apariencia f铆sica no determina la moralidad de una persona. El problema aparece cuando nos preguntamos qu茅 papel desempe帽a ese atractivo en la forma en que se construye y se presenta al criminal ante el espectador. Es por ello que debemos preguntarnos varias cosas:
¿Por qu茅 nos resulta tan f谩cil convertir a determinados asesinos en protagonistas carism谩ticos?
¿Hasta qu茅 punto influye el atractivo del actor en nuestra percepci贸n del personaje?
Y, sobre todo:
¿Qu茅 ocurre cuando la ficci贸n consigue que nos fijemos m谩s en el rostro del asesino que en los cr铆menes que cometi贸?
Quiz谩s la cuesti贸n no sea por qu茅 Hollywood contrata a actores guapos apra interpretar a criminarles (que tambi茅n), sino por qu茅 parece que, en ocasiones, necesitamos que el mal tenga un rostro que nos resulte agradable mirar.
2. Ted Bundy y el peligro de ser demasiado guapo.
Si hay un nombre que aparece una y otra vez cuando hablamos de asesinos en serie, norteamericanos, que despertaron fascinaci贸n por su apariencia, ese es Ted Bundy. Y, por supuesto, no es casualidad que, cuando Hollywood decidi贸 llevar su historia a la pantalla (por en茅sima vez, pues hay diversas adaptaciones de este caso), escogiera a Zac Efron para interpretarlo en 2019. Aunque, si os soy sincera, lo interesante es que Efron no es precisamente una excepci贸n pues parece que, cuando se trata de representar a Bundy, el atractivo f铆sico es un requisito no escrito. Ah铆 tenemos a Luke Kirby en No man of God (2021); a Michael Reilly Burke en Ted Bundy (2002) o a Chad Michael Murray en Ted Bundy: American Boogeyman (2021). Tres actores distintos (cuatro contando a Efron), tres interpretaciones diferentes y un rasgo que parece repetirse: todos encajan, en mayor o menor medida, en esa imagen de hombre atractivo que tantas veces se ha asociado en el asesino.
Aqu铆 he de decir que se pone interesante la cosa porque Bundy no es un personaje que un productor se haya inventado para seducir al p煤blico, sino que era un hombre real, responsable de una serie de asesinatos a mujeres en Estados Unidos durante la d茅cada de 1970. Parte de la fascinaci贸n medi谩tica que despert贸 estuvo relacionada con su apariencia, su carisma y su capacidad para proyectar una imagen de normalidad. Su aspecto no encajaba con el estereotipo que muchas personas ten铆an de un asesino y esa contradicci贸n contribuy贸 a convertirlo en una figura especialmente desconcertante (el t铆o se camelaba a universitarias porque era guapo (aunque para gustos colores) y su forma de ser y las mataba posteriormente).
La elecci贸n de Zac Efron resulta llamativa por su trayectoria como actor y por la imagen p煤blica que hab铆a construido a lo largo de su carrera. Para buena parte del p煤blico, Efron segu铆a siendo el rostro de Disney, de las comedias rom谩nticas y las pel铆culas juveniles por lo que verlo interpretar a uno de los asesinos en serie m谩s conocidos de Norteam茅rica supon铆a, por lo tanto, un contraste evidente. Pero tambi茅n encaja con una de las caracter铆sticas que m谩s se han destacado al hablar de Bundy: la capacidad para resultar encantador y ganarse la confianza de otras personas.
Con esto no es dif铆cil de entender por qu茅 una producci贸n audiovisual podr铆a querer explotar esa contradicci贸n. Un rostro conocido y atractivo puede despertar curiosidad, atraer a espectadores y facilitar la promoci贸n de la pel铆cula. El problema aparece cuando esa imagen termina ocupando m谩s espacio que aquello que deb铆a estar en el centro de la historia: los cr铆menes cometidos y las vidas de las mujeres que fueron sus v铆ctimas, porque una cosa es mostrar que Bundy pod铆a resultar encantador a primera vista y otra muy distinta es convertir ese encanto en el principal reclamo de su historia. La primera opci贸n puede ayudarnos a comprender c贸mo consigui贸 acercarse a sus v铆ctimas; la segunda corre el riesgo de alimentar una fascinaci贸n en la que el criminal acaba convertido en protagonista absoluto, mientras que las personas a las que asesin贸 quedan relegadas a un segundo plano (entre muchas comillas, porque todo gira en torno a esto)
Sin embargo, hay algo todav铆a m谩s interesante en todo esto: nuestra propia percepci贸n. Tendemos a asociar el atractivo f铆sico con cualidades positivas, como la simpat铆a, la confianza o la bondad, aunque no exista ninguna raz贸n para que esas caracter铆sticas vayan necesariamente de la mano. En psicolog铆a, esta tendencia se conoce como efecto halo, una impresi贸n favorable en un aspecto, como la apariencia, puede influir en c贸mo juzgamos otros rasgos de una persona.
Bundy representa una contradicci贸n inc贸moda porque nos obliga a cuestionar esa asociaci贸n. No ten铆a un aspecto que, a ojos de muchas personas de la 茅poca, encajara con la imagen de un asesino (simult谩neamente estaban pasando los asesinatos de John Wayne Gacy el “Payaso asesino), un hombre mayor, gordo, que tortur贸 y asesin贸 al menos a 33 j贸venes y adolescentes), pues Bundy pod铆a desenvolverse socialmente y proyectar una apariencia de normalidad, pero ninguna de esas caracter铆sticas dec铆a nada fiable sobre su conducta moral.
Aqu铆 debo hacer una distinci贸n: no podemos afirmar que elegir a un actor atractivo para interpretarlo implique, por s铆 solo, romantizarlo. De hecho, representar su carisma puede ser fundamental para comprender c贸mo actuaba. La cuesti贸n es c贸mo se construye esa representaci贸n, qu茅 aspectos de su historia se enfatizan y qu茅 impresi贸n termina llev谩ndose el espectador, porque no, los asesinos en serie no tienen por qu茅 parecer monstruos. No existe un rostro que nos permita reconocer a una persona peligrosa, del mismo modo que la belleza no convierte a nadie en alguien bueno.
Quiz谩s el verdadero problema no sea que Zac Efron interpretara a Ted Bundy, ni que otros actores atractivos hayan hecho lo mismo antes y despu茅s. Quiz谩s la cuesti贸n sea por qu茅, d茅cadas despu茅s de sus cr铆menes, seguimos encontrando motivos para hablar de su atractivo y qu茅 dice eso de una cultura audiovisual que, en ocasiones, parece necesitar que hasta el mal tenga un rostro bonito para convertirlo en un espect谩culo.
3. Del asesino al 铆dolo: cuando el crimen se convierte en fascinaci贸n
¿Qu茅 ocurre cuando la fascinaci贸n por un asesino deja de estar relacionada con la historia que nos est谩n contando y empieza a girar exclusivamente en torno al hombre que aparece en pantalla?
Una cosa es reconocer que un actor hace una buena interpretaci贸n, que el personaje est谩 bien construido o que una pel铆cula consigue mantenernos pegados al asiento, y otra muy distinta es terminar una serie sobre un asesino en serie y que nuestra principal conclusi贸n sea que el hombre al que acabamos de ver cometer atrocidades nos parece atractivo (en esto me declaro culpable con Nicholas Alexander Ch谩vez como Lyle Men茅ndez en la segunda temporada de Monsters: The Lyle and Erik Menendez Story)
Continuando con esto, no hace falta buscar demasiado para encontrar ejemplos de este fen贸meno (de hecho, os acabo de dar uno). Basta con echar un vistazo a las conversaciones que surgen en redes sociales cada vez que una producci贸n sobre un criminal real se convierte en un 茅xito. Los comentarios sobre la interpretaci贸n del actor conviven con otros que se centran en su aspecto f铆sico, sus gestos o su carisma. Y, en ocasiones, la conversaci贸n termina desplaz谩ndose hasta el punto de que el criminal parece convertirse en una especie de 铆dolo.
La propia serie de Netflix sobre los hermanos Men茅ndez permite plantear una cuesti贸n interesante: ¿hasta qu茅 punto somos capaces de separar al actor del personaje que interpreta? Nicholas Alexander Ch谩vez es un actor que da vida a Lyle Men茅ndez, una persona real cuya historia est谩 ligada a un caso criminal complejo. Sin embargo, cuando un personaje est谩 interpretado por alguien que nos resulta atractivo, es f谩cil que nuestra atenci贸n se desplace de los hechos a la representaci贸n. Nos fijamos en sus expresiones, en su manera de hablar o en su presencia en pantalla y, por un momento, la persona real queda eclipsada por el personaje que estamos viendo (y eso es lo que ocurri贸 con esta temporada hasta el punto de que se reabri贸 el caso).
Aqu铆 conviene detenerse un momento, porque no creo que sentir curiosidad por el caso real sea, en s铆 mismo, algo extra帽o, ni que admirar la interpretaci贸n de un actor implique justificar lo que hace el personaje. El problema es m谩s complejo. El cine y la televisi贸n nos permiten acercarnos a historias terribles desde una posici贸n segura, observar a sus protagonistas y tratar de comprender qu茅 ocurri贸. La ficci贸n, adem谩s, necesita construir personajes capaces de captar nuestra atenci贸n, incluso cuando sus acciones nos resultan moralmente reprobables.
Sin embargo, cuando hablamos de personas reales relacionadas con cr铆menes atroces, esa fascinaci贸n adquiere otra dimensi贸n. No estamos hablando de un villano ficticio cuya historia termina cuando aparecen los cr茅ditos, estamos hablando de personas que existieron (y existen, en el caso de los Men茅ndez), de v铆ctimas que no son personajes secundarios de una trama y de familias que siguen viviendo con las consecuencias de lo ocurrido.
La romantizaci贸n aparece cuando la imagen del criminal se separa de sus actos y empieza a construirse una versi贸n idealizada de 茅l. Su atractivo, su supuesto carisma o los aspectos de su personalidad que resultan interesantes para el relato pasan a ocupar el primer plano, mientras que la violencia cometida queda diluida o se convierte en un simple elemento m谩s de su historia. Y, por supuesto, las decisiones audiovisuales pueden contribuir a esa imagen. La fotograf铆a, la m煤sica, el vestuario, los primeros planos y la propia elecci贸n del actor influyen en c贸mo percibimos a un personaje. Un criminal puede aparecer envuelto en una est茅tica cuidadosamente construida, con una presencia magn茅tica que nos invita a observarlo, mientras que las v铆ctimas apenas reciben un espacio para existir m谩s all谩 de su relaci贸n con 茅l. Y esto no significa que toda representaci贸n atractiva de un criminal sea una romantizaci贸n, ni que el p煤blico vaya a reaccionar de una 煤nica manera. Una producci贸n puede mostrar el carisma de una persona precisamente para explicar c贸mo consegu铆a ganarse la confianza de los dem谩s (el caso de Bundy). La diferencia est谩 en si la historia utiliza ese atractivo para cuestionar nuestra percepci贸n o si termina convirti茅ndolo en el principal motivo por el que seguimos mirando.
Al final, quiz谩s el fen贸meno mas interesante no sea que haya espectadores que consideren atractivo a un actor interpretando a un criminal (eso, por s铆 solo, no tiene nada de extraordinario), lo verdaderamente inquietante es que, en determinadas ocasiones, el rostro del criminal termina eclipsando tanto sus actos que corremos el riesgo de recordar antes su apariencia que a las personas cuyas vidas quedaron marcadas por sus acciones. Y entonces, cabe preguntarse si el problema est谩 煤nicamente en Hollywood, en las plataformas que producen estas historias o en una cultura que consume el crimen como entretenimiento, porque la pantalla puede ofrecernos una imagen, pero somos nosotros quienes decidimos qu茅 hacer con ella.
4. ¿Necesitamos que el monstruo sea atractivo?
Llegados a este punto, creo que hay una pregunta que merece la pena plantearse: ¿por qu茅 nos resulta tan dif铆cil separar la apariencia f铆sica de la idea que nos hacemos de una persona? ¿Por qu茅, cuando alguien es atractivo, tendemos a atribuirle cualidades positivas que no necesariamente tiene? Y, sobre todo, ¿por qu茅 parece que nos sorprende tanto descubrir que alguien que encaja en nuestros c谩nones de belleza puede ser capaz de cometer actos terribles?
La respuesta no est谩 煤nicamente en Hollywood ni en las plataformas de streaming. Tiene mucho que ver con la manera en la que interpretamos a las personas y con los prejuicios, muchas veces inconscientes, que utilizamos para hacernos una primera impresi贸n de ellas.
Aqu铆 debemos volver a mencionar el efecto halo del que ya habl茅 en el punto anterior, que explica como una caracter铆stica positiva de una persona puede influir en nuestra percepci贸n de otras cualidades suyas. Dicho de una forma m谩s sencilla: si alguien nos aparece atractivo, podemos llegar a asumir, sin tener motivos suficientes, que tambi茅n es simp谩tico, inteligente, amable o digno de confianza. Evidentemente, no sucede en todos los casos ni de la misma manera, pero la apariencia f铆sica puede condicionar el juicio que hacemos de alguien antes incluso de conocerlo. Y si hay un ejemplo que permite hablar de esta cuesti贸n es Jeffrey Dahmer, especialmente a ra铆z de la interpretaci贸n de Evan Peters en Dahmer - Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer (2022)
Peters no es el primer actor que interpreta al asesino, pero su trabajo en la serie de Netflix volvi贸 a poner su figura en el centro de la conversaci贸n p煤blica y, como ya hemos visto con Ted Bundy, cuando un criminal real es interpretado por un actor que despierta admiraci贸n entre el p煤blico, resulta f谩cil que ambas im谩genes se terminen mezclando: la del hombre que cometi贸 los cr铆menes y la del int茅rprete al que llevamos a帽os viendo en pantalla.
Aqu铆 hay que hacer una distinci贸n: Evan Peters NO ES Jeffrey Dahmer, y que alguien admire su capacidad interpretativa o lo considere atractivo no significa que apruebe los actos del personaje. Sin embargo, s铆 resulta interesante observan c贸mo la popularidad de un actor puede influir en la manera en que el p煤blico se acerca a una historia criminal. En lugar de fijarnos 煤nicamente en qui茅n fue Dahmer y en las consecuencias de sus cr铆menes, podemos terminar hablando de la interpretaci贸n, de la presencial del actor en pantalla o de lo atractivo que nos resulta verlo en ese papel. Y es precisamente ah铆 donde surge la contradicci贸n que me interesa explorar.
¿C贸mo podemos sentir fascinaci贸n por la representaci贸n de alguien cuyos actos nos producen rechazo? ¿C贸mo puede un actor conseguir que queramos seguir mirando a un personaje que, fuera de la ficci贸n, representa una historia de violencia real?
La respuesta no tiene por qu茅 ser que estemos idealizando al asesino. El atractivo del int茅rprete, su talento y la manera en que est谩 construida la narraci贸n pueden despertar nuestro inter茅s sin que eso implique confundir la ficci贸n con la realidad. Pero tampoco podemos ignorar que la puesta en escena influye en nuestra percepci贸n: la fotograf铆a, la m煤sica, el vestuario y la atenci贸n que la c谩mara presta al protagonista pueden convertirlo en el centro absoluto de la historia. Adem谩s, existe algo que el cine y la televisi贸n han explotado durante d茅cadas: nuestra tendencia a asociar determinadas caracter铆sticas f铆sicas con cualidades morales.
Nos resulta tentador imagina que alguien capaz de cometer atrocidades deber铆a tener un aspecto amenazante, una mirada siniestra o alg煤n rasgo que nos permitiera reconocerlo a primera vista. Es una imagen que hemos visto repetidamente en innumerables pel铆culas, pero que no se corresponde con la realidad. Las personas no llevan sus intenciones escritas en la cara, y el atractivo f铆sico no nos dice si alguien es bueno, malo, peligroso o digno de confianza. Por eso, casos como los de Bundy o Dahmer resultan tan inc贸modos cuando los trasladamos a la pantalla. Nos obligan a cuestionar esa imagen simplificada del monstruo que hemos aprendido a reconocer a trav茅s de la ficci贸n. El mal no tiene un aspecto determinado, y una apariencia agradable no constituye una garant铆a de bondad. Entonces, ¿necesitamos que el monstruo sea atractivo? Probablemente no. Pero el atractivo puede hacer que nos resulte m谩s f谩cil mirarlo, que despierte nuestra curiosidad y que queramos seguir su historia. Es ah铆 donde la ficci贸n tiene un poder considerable: puede utilizar esa fascinaci贸n para cuestionar nuestros prejuicios o puede aprovecharla para convertir al criminal en el centro de todas las miradas.
Al final, la cuesti贸n no es que un asesino pueda ser guapo, ni que un actor atractivo lo interprete. La cuesti贸n es por qu茅, en ocasiones, su belleza parece convertirse en una caracter铆stica tan relevante que termina compitiendo con la gravedad de sus actos porque quiz谩s, lo verdaderamente inquietante no sea que el mal pueda tener un rostro bonito, sino que nosotros estemos tan acostumbrados a asocial la belleza con la bondad que necesitemos recordarnos que una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra.
5. Cuando la belleza desaparece: la otra cara del casting.
Ahora bien, despu茅s de hablar de actores atractivos que interpretan a asesinos en serie y de c贸mo su imagen puede influir en nuestra percepci贸n de los personajes, creo que merece la pena detenerse en el otro extremo: ¿qu茅 ocurre cuando una producci贸n decide hacer exactamente lo contrario y transforma por completo a su protagonista?
¿Record谩is el ejemplo que os di de Charlize Theron? Pues ah铆 se aleja de la imagen habitual de una estrella de Hollywood.
Theron, que ya era conocida por su belleza y su presencia en pantalla, experiment贸 una transformaci贸n f铆sica considerable para interpretar a Aileen Wuornos. El maquillaje, la pr贸tesis dental, el cabello y el trabajo corporal contribuyeron a construir una apariencia muy distinta de la que el p煤blico asociaba con la actriz. El resultado fue una interpretaci贸n que le cost贸 el Oscar a la mejor actriz y que sigue siendo uno de los ejemplos m谩s conocidos de transformaci贸n f铆sica en el cine.
Lo interesante de este caso es que la pel铆cula no necesitaba convertir a Wuornos (Theron) en una figura seductora para captar nuestra atenci贸n. La interpretaci贸n se apoyaba en la construcci贸n de un personaje concreto, en su comportamiento y en las circunstancias de su historia. La transformaci贸n de la actriz ayudaba a romper con la imagen de estrella glamurosa y a hacer que el espectador se concentrara en una mujer muy alejada de los papeles por los que era conocida. Pero, ¿significa esto que transformar f铆sicamente a un actor es siempre una decisi贸n m谩s honesta o m谩s respetuosa con la historia real? Pues no necesariamente
El parecido f铆sico puede contribuir a la credibilidad de una interpretaci贸n, pero no garantiza su calidad ni la fidelidad hist贸rica de una producci贸n. Basta con echar un vistazo a las dos ultimas temporadas de Monster para comprobar que parecerse a una persona real (y ya ni eso) no es suficiente para sostener una buena historia (y que hay decisiones narrativas que no hay caracterizaci贸n f铆sica que pueda salvar). Un actor puede parecerse much铆simo a la persona que interpreta y ofrecer una representaci贸n superficial, del mismo modo que otro puede tener un aspecto completamente distinto y construir un personaje convincente. La interpretaci贸n tambi茅n depende del trabajo psicol贸gico, de la documentaci贸n del guion y de las decisiones de direcci贸n. Y aqu铆 quiero detenerme en un ejemplo que me parece especialmente interesante: Stanley Tucci en The Lovely Bones (Desde mi cielo)
En esta pel铆cula, Tucci interpreta a George Harvey, el vecino de la familia Salmon y responsable del crimen que desencadena la historia (te comes el spoiler). Su caracterizaci贸n f铆sica contribuye a crear una figura inquietante, pero lo verdaderamente perturbador no es solo su aspecto, sino la forma en la que se comporta, la normalidad con la que se relaciona con los dem谩s y el contraste entre su apariencia cotidiana y lo que esconde.
Desde el primer momento hay algo inc贸modo en su personaje. No necesitamos que la pel铆cula lo convierta en una figura atractiva ni que nos venda su carisma para mantener su atenci贸n. Al contrario, la interpretaci贸n de Tucci consigue que queramos apartar la mirada de 茅l, aunque la propia historia nos obligue a seguir observando, y eso tambi茅n demuestra hasta qu茅 punto un actor puede construir un personaje repulsivo sin depender del atractivo f铆sico, utilizando sus gestos, su mirada, su voz y la manera en la que ocupa el espacio.
Entonces, ¿por qu茅 algunas producciones insisten tanto en la transformaci贸n f铆sica mientras que otras parecen apostar por el atractivo de sus protagonistas?
La respuesta puede encontrarse, en parte, en los objetivos de cada producci贸n. En ocasiones, se busca una semejanza visual que ayude a situar al espectador ante una persona real; en otras, se apuesta por una interpretaci贸n que explore el contraste entre la imagen p煤blica de un actor y la naturaleza del personaje. Tambi茅n entran en juego factores comerciales como que una estrella reconocible pueda atraer al p煤blico, generar conversaci贸n en redes sociales y convertirse en una herramienta de promoci贸n.
El problema aparece cuando la apariencia termina ocupando m谩s espacio que la propia historia. Tanto si se transforma en un actor hasta hacerlo irreconocible como si se conserva su atractivo habitual, el aspecto f铆sico deber铆a de ser una herramienta al servicio del personaje, no el 煤nico motivo por el que nos interesa. Porque al final, ni un rostro bonito convierte a un asesino en alguien fascinante por s铆 mismo, ni una transformaci贸n f铆sica espectacular garantiza una interpretaci贸n memorable. Lo que importa es qu茅 hace la producci贸n con esa imagen y qu茅 nos invita a mirar: al personaje en toda su complejidad, a la persona real que hubo detr谩s o, simplemente, al rostro que aparece en pantalla.
6. El verdadero crimen es c贸mo nos lo cuentan.
Despu茅s de todo lo que hemos comentado, creo que la pregunta ya no es 煤nicamente por qu茅 Hollywood contrata a actores atractivos para interpretar a asesinos en serie. La cuesti贸n es qu茅 hacemos nosotros con esas historias y, sobre todo, qu茅 hacen las propias producciones para que terminemos hablando de ellas. Porque una cosa es reconocer que un actor ha hecho una buena interpretaci贸n, que un personaje est谩 bien construido o que una serie consigue mantenernos pegados a la pantalla, y otra muy distinta es que toda la conversaci贸n termine girando alrededor del atractivo del asesino. Cuando e debate sobre una producci贸n basada en hechos reales se reduce a lo guapo que es su protagonista, quiz谩s merezca la pena preguntarse qu茅 ha quedado fuera del encuadre.
Aqu铆 entra la responsabilidad de la industria audiovisual. No creo que elegir a un actor atractivo sea, por s铆 mismo, una forma de romantizar a un criminal. Tampoco creo que encontrar atractivo a un actor que interpreta a alguien terrible signifique que aprobemos sus actos. Podemos separar perfectamente al int茅rprete del personaje y disfrutar de una actuaci贸n sin necesidad de justificar aquello que representa. El problema aparece cuando la puesta en escena, la promoci贸n y la narraci贸n contribuyen a convertir al criminal en el centro absoluto de la fascinaci贸n. Cuando su rostro, su carisma o su historia personal reciben toda la atenci贸n, mientras que las v铆ctimas queda relegadas a personajes secundarios de su propia tragedia.
Esto es especialmente delicado cuando hablamos de cr铆menes reales, porque no estamos hablando 煤nicamente de personajes de ficci贸n, por muy convincentes que sean las interpretaciones. Detr谩s de esos nombres hubo personas que vivieron, sufrieron y, en muchos casos, perdieron la vida. Sus historias no deber铆an convertirse en un simple tel贸n de fondo para construir la imagen de un asesino fascinante. Quiz谩s por eso me parece importante distinguir entre representar el mal y convertirlo en un espect谩culo. Una producci贸n puede mostrar el carisma de un criminal, explorar su capacidad para enga帽ar a los dem谩s e incluso hacer que comprendamos c贸mo consigui贸 ganarse la confianza de sus v铆ctimas, pero comprender esos mecanismos no significa admirarlo, y contar su historia no deber铆a implicar que la suya sea la 煤nica que merece ser escuchada.
Al final, volvemos al punto cuatro: ¿necesitamos que el monstruo sea atractivo para querer conocer su historia? Probablemente no. Lo que necesitamos es una historia bien contada, una interpretaci贸n convincente y una mirada que no confunda la fascinaci贸n con la admiraci贸n. El atractivo f铆sico puede captar nuestra atenci贸n, pero no deber铆a determinar nuestra manera de interpretar lo que estamos viendo porque el verdadero problema nunca ha sido que un asesino tenga la cara de un Adonis, el problema es que, a veces, entre tanto rostro bonito, tanta campa帽a promocional y tanta conversaci贸n sobre el actor que lo interpreta, acabemos olvidando a las personas reales que hay detr谩s de la historia. Y quiz谩s, esa sea la pregunta que deber铆amos hacernos la pr贸xima vez que terminemos una serie o pel铆cula sobre un asesino en serie: ¿qu茅 es lo que recordamos cuando aparecen los cr茅ditos? ¿Recordamos al actor, al criminal o a las v铆ctimas?
La respuesta dice bastante m谩s de lo que parece sobre la forma en que consumimos estas historias.





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